Abro las cortinas. Añado agua al jarro que contiene las flores que anteayer arranqué de ese parque público. Descalzo, voy caminando hasta el baño. Abro el grifo de la bañera y el espejo tarda unos segundos en empañarse. El agua está muy caliente. El tapón no cierra bien y no cesa de escaparse agua. He de comprar un tapón nuevo. Vuelvo a la habitación y, aún descalzo, vuelvo a mirar por la ventana. Las flores ya se están abriendo, ha salido el sol y ellas responden. Por la ventana compruebo que el asfalto permanece todavía húmedo debido a la lluvia del día anterior. Una madre sale del portal del edificio de enfrente con el niño de tres años en brazos. Él lleva colgada de la espalda la mochila que ha heredado de su hermana mayor. Azul cielo con una ralla oscura y en letras moradas la palabra school. La cremallera está rota. La mamá se la coserá a la noche cuando el chavalín vuelva a dormir en su cama con barrera anti caídas. Él va a la escuela. Ella a procurarle una infancia feliz con sus respectivas tres o cuatro comidas diarias y la posibilidad de continuar tras la escuela. ¿Lo hará?
Su hermana no quiso. Me lo comentó la abuela cuando coincidimos en la ferretería. Pero ha encontrado un trabajo a tiempo parcial, el cual le proporciona recursos económicos para entregar a su madre y para gastar en goma de mascar y en vodka del barato del supermercado del barrio. Su padre trabaja toda la semana fuera y tan sólo vuelve a la casa de sábado a domingo. En ese tiempo la hija se fuga con el chaval al que llama novio. Dice que su padre le atormenta comentándole que necesita ser un poco más responsable. Ella lo sabe. Pero su grupo de amigas le dice lo contrario. Ella está confusa. Quiere a su padre, y sabe que lo que le pide es justo y bueno para ella. Pero ella tiene pánico a ser tan responsable y parecer que se ha vuelto demasiado mayor en comparación con sus amigas. Teme oír "ya no t’ajunto". Su padre solloza cada sábado cuando él llama al ascensor desde abajo y oye la puerta de su casa cerrarse y unos primeros pasos bajando escalones. Esos pasos ya suenan más fuerte abajo y son más rápidos cuando él sale del ascensor en el tercer piso. Entonces ya no son sollozos, son lágrimas. Cada sábado la abuela llora también. Me lo cuenta repetidamente. Y cada domingo por la noche cuando su nieta viene a mi apartamento también lo escucho. No puede ocultarlo más. Pero sólo le queda un mes largo. Estamos en abril y a principios de junio le darán el Graduado Escolar. Lo estudia durante los fines de semana. Duerme en casa de su mejor amigo. Ella no tiene novio. Le gusta un chico, pero es muy tímida. Y él tiene suficiente con su videoconsola. Ella no puede seguir ocultándolo a su familia, pero la sorpresa será grande. Ella llora también. En mi cuarto de baño. Antes de volver a su casa. Cada fin de semana, lo mismo; le invito a un pastel y le compruebo que el trabajo, sus deberes, estén correctos. Yo creo que alguna vez he llorado al verla salir y cruzar la calle.
La mujer cubre la cabeza del niño con el gorro de la chaqueta y se dirige, andando y con su hijo en brazos, al quiosco. Compra el bono-bus y espera dos calles arriba el 79. Vuelvo al cuarto de baño. No queda casi agua dentro de la bañera. He de comprar un tapón nuevo. Me dejé la ropa interior en la habitación. No la llevaba puesta. Cojo el último par de calzoncillos limpios del cajón de abajo. No me había percatado de la luz de la mañana refleja en la pared de la cama y las flores marcan unas sombras en el suelo. Saco la Polaroid de mi padre y disparo al suelo. Todavía sin ropa interior agito la foto que poco a poco va apareciendo. La dejo en la mesa de noche. No queda agua para el baño. Ducha rápida con agua fría. El calentador no da para más. Me constiparé. La toalla está colgada en el balcón. La ropa interior ... en la habitación.
1 comentario:
tú piensas mucho eh? jejeje
me ha gustado mucho, sigue así
Publicar un comentario