
Doblar las campanas por aquellos que no siguen físicamente entre nosotros siempre reporta algún sentimiento. No tiene total sentido si no te llega dentro lo que estás haciendo. Es imposible no sentir nada, al menos si lo haces con dedicación y cariño.
Hacer hablar a las campanas por ellos me recuerda que yo sigo aquí, otro año más, y que tengo la suerte, el honor y el privilegio de hablar con estos instrumentos. No todo el mundo puede y no todos son capaces.
Qué suerte la mía.
Qué suerte la mía de seguir vivo y de sentir vivos a los demás, aunque no los vea, pero los siento. Los siento en mi energía. Los siento dentro de mí. Los siento cuando ando. Los siento cuando estoy parado.
Ellos siguen estando presentes, porque los hemos querido y lo seguimos haciendo, incluso con más ímpetu. Nunca se irán, gracias al amor que les hemos tenido, y que les seguimos profesando.
Hoy he tocado a difunto, pero he tocado a vida. Vida que no se pierde. Vida que sigue lantente en nosotros.
Y hoy he mirado al cielo. Y no habían nubes. Habían brochados, pinceladas, colores y fuerza. Toda una composición de tonos, matices y texturas. Todo un cuadro. El cielo estaba pintado.
Pintado. ¿El último cuadro? No. Seguiré viendo cuadros mientras yo siga vivo, porque tú sigues vivo. Lo sé. Lo sabes.
Que nos esperen muchos años. (pam, pam-pam)
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